(Miguel de Cervantes Saavedra)
En la obra Otelo de Shakespeare, Yago es un personaje gravitante. Provoca toda la trama con sus maquinaciones. Resumidamente: Convence a Otelo que su mujer Desdémona le es infiel, luego a Rodrigo que siga pretendiendo a Desdémona a pesar de estar casada, “siembra” pruebas falsas que verifiquen la supuesta infidelidad de Desdémona con Casio e intenta que Rodrigo mate a Casio por ello.
¿Resultado? Otelo preso de celos mata a Desdémona y cuando Emilia (esposa de Yago), le revela la verdad, Otelo destruido se suicida.
Es obviamente una tragedia, en la que el único sobreviviente es quien usó sus malas artes en ello. Armó tan bien su historia, que cada uno de los personajes, termina sucumbiendo a sus inventos.
Otelo era un moro en Venecia, en una época en que éstos eran considerados inferiores. Yago, sabía de sus inseguridades e hizo lo que estuvo a su alcance para sacar ventaja de ello y lo logró.
La historia de Otelo, por supuesto, es mucho más que una exégesis de celos. Nos revela como el más triste de los sentimientos de un hombre; la envidia (Yago, siendo alférez, no soporta que Casio sea nombrado Teniente de Otelo) puede convertirse en un potente generador de perjuicios a otros, por no saber manejar adecuadamente el dolor propio ante el bien ajeno.
Es importante, a mi entender, no perder de vista que las relaciones humanas, de suyo complejas, por la diversidad de factores internos y externos que influyen en ellas, son determinantes no pocas veces, de las grandes decisiones de vida y que afectan de manera perentoria al individuo.
Es triste constatar, que existen personas capaces de alterar la realidad a tal punto que puedan destruir literalmente la vida de otros. La envidia puede sin duda, sacar lo peor de una persona y conducirla a la máxima expresión del mal. En ello, creo debe influir en demasía el egoísmo, el yoísmo.
El individuo envidioso (que tiene a la envidia como característica de personalidad y no como un sentimiento eventualmente transitorio), no sabe, no puede o no quiere ponerse en el lugar del otro, sino que ambiciona ser el otro y de no lograrlo, por lo menos destruir al otro.
Si decide transformar las frustraciones que le genera la envidia en la acción, debe saberse, usará magistralmente la “mise in scene”, es decir, logrará con maestría recrear, con hechos supuestos, lo que desea fijar en la mente de otros como verdad. El punto es que ello no sería posible, si tal despreciable personaje, no encontrare terreno fértil para sembrar con éxito sus manipulaciones.
De alguna manera, los afectados por sus actos, le han abierto una puerta de entrada a la intimidad de los propios sentimientos.
Todos tenemos debilidades, sin duda, pero dejarse arrastrar por otros que usan esas debilidades en su beneficio, es un grave riesgo.
No debemos asumir a la ligera, la información del entorno, nos puede conducir a una percepción errada de la realidad. En cuyo caso, estaríamos frente a una realidad-ficta, que sin embargo, generará todos los efectos de una realidad propiamente tal, si se decide aceptarla y actuar en consecuencia.